Brumeville
13 Jun 2011

Brumeville

[div id=”lectura”] La ciudad blanca: réquiem por

13 Jun 2011

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La ciudad blanca: réquiem por el mundo de las formas
(primera edición crítica y traducida del manuscrito Brumeville)

‘Para uno de estos gnósticos, el visible universo era una ilusión (o más precisamente), un sofisma.’
Tlön, Uqbar, Orbis Tertius; Ficciones, J. L. Borges, 1944

Transcribimos a continuación algunos fragmentos del documento manuscrito titulado Brumeville, considerado, hasta el día de la fecha, el primero en describir el fenómeno más adelante conocido como de ‘la ciudad blanca.’ El presente documento sitúa el origen de dicho fenómeno en el día 1º de enero de 2013, justo dos años antes de que fuera escrito; ninguna evidencia se ha proporcionado hasta el momento que refute dicha afirmación. Hemos mantenido el formato y estructura originales del documento, no encontrando razón alguna para proponer un modelo alternativo. Los textos en cursiva corresponden a fragmentos casi ilegibles; los puntos suspensivos entre corchetes indican fragmentos que hemos considerado irrelevantes y por tanto hemos omitido. Las notas a la presente edición crítica, primera del documento en cuestión, fueron elaboradas en el verano de 2019, cuando ya la ciudad blanca ha dejado de sorprendernos. Solicitamos a los pacientes lectores que puedan aportar elementos precisos a la presente investigación se comuniquen con sus autores, repitiendo así la súplica realizada por el autor de Brumeville al final de su texto.

Brumeville,*[i] 1º de enero de 2015

Esta historia la vamos a contar en primera persona. Yo no sé si esto habrá ocurrido antes. Supongo que no: habría registros, imágenes, anécdotas, y fábulas.[ii] No hubiese pasado inadvertido, creo. ¿O es que en la misma esencia de lo que describo radica la imposibilidad de su registro? No puedo ofrecer aquí una descripción precisa; mucho menos una explicación convincente. Pido disculpas por ello. El hecho ocurrió así, y seré, no obstante, tan preciso como sea posible; la precisión** es necesaria frente a la abrumadora dispersión de lo ocurrido.

El martes 1º de enero de 2013 a las 6:15hs, la ciudad fue blanca, absolutamente blanca […] Aunque le correspondía, un nuevo día se negó a comenzar. O sí lo hizo, ya que la atmósfera se volvió intensamente luminosa, pero las cosas se negaron a recobrar sus formas, sus aristas, sus límites precisos. Entonces todos creyeron que la ciudad había desaparecido. Nadie pareció comprender lo que sucedía, apenas alcanzaron a intuir que la ciudad se estaba borrando, como una antigua tela estampada que clarea de tanto uso. Recuerdo las palabras titubeantes de algunos que, al abrir ventanas, veían deambular la niebla ingrávida al interior de sus jardines.[iii] También las siluetas temblorosas de los que se adentraban en ella, indecisos, intentado recobrar las imágenes perdidas.

Varios días después, el inicial temor a lo desconocido que había seguido a la constatación de lo continuo de la situación, había dado paso a un nerviosismo impertinente aunque tranquilo, de suspiros amortiguados por la niebla. La inquietud no provenía de la imprecisión absoluta en que había quedado la ciudad, sino de la dificultad para descubrir una pequeña señal, un dato, una especificidad cualquiera que sirviera de punto de referencia.

Es necesario, en este punto, anotar tres aspectos fundamentales del hecho: su origen desconocido, su aspecto indescriptible, la incertidumbre de su duración. Se me ocurrió entonces que debía encontrar una explicación razonable a los hechos y que así todo volvería a la normalidad (a una nueva normalidad). Es a estas tres cuestiones que dedico las siguientes páginas.

Sobre su origen desconocido no puedo ofrecer aquí elementos del todo confiables; más bien sugeriré una fábula que he llamado de la máquina y el arquitecto.[iv] No tengo, como se sobreentiende, pruebas concluyentes. Sin embargo, la coincidencia con el comienzo del nuevo año me sugiere un carácter artificial, premeditado, anónimo, un arrollador poder maquínico. Su omnipresencia, la unanimidad de su distribución, su materialidad de suspensión isótropa me remite a la rigidez de una construcción humana.

[…] Podría decirse que fue una decisión meditada, quizás no estrictamente democrática, si por ‘democracia’ acerca del futuro de una ciudad entendemos el que deviene de la participación de todos sus habitantes. Sin embargo, entendieron que los autorizaba su supuesta solvencia en materia de urbanismo. Algunos objetaron que el título que los habilitaba no incluía la palabra urbanista, pero fueron rápidamente desestimados, ya que, en última instancia, la condición de arquitecto era lo más cercano a tal disciplina, o por lo menos siempre lo había sido.

Hacía tiempo que se encontraban descontentos, apresados en la limitación de cumplir con los deberes de la arquitectura. Habían sido instruidos en el arte de definir plantas y fachadas, detalles constructivos, e incluso llenar formas municipales respetando alineaciones y porcentajes. Con los años, se había ido acumulando sobre ellos un áspero manto de tedio, a fuerza de ensayar las mismas soluciones, los mismos tics, las mismas respuestas repetidas. Hace tiempo que sentían que les eran lejanas las formas y órdenes del pasado, que algunos (¿entonces visionarios?) se habían empeñado tiempo atrás en reformular. Hacía tiempo que no les resultaba estimulante el juego sabio, correcto y magnífico de los volúmenes bajo la luz, y los apresaba el ciego respeto a un patrimonio que ya sentían demasiado estrecho, demasiado edificado de ladrillos y cemento. Hubiera sido fácil la respuesta que otros cultivaron, esa especie de pasión por el caos, por la congestión; pero había en ello algo de provinciano, algo pueblerino que los incomodaba.

Sentíanse en cambio abrasados por una nueva sensibilidad. Se habían encontrado muchas veces detenidos mirando inmensidades, pensando proyectos al ritmo del crecimiento de los árboles, ensayando camuflajes y desapariciones que imitaban colinas, bosques, playas. Habían redescubierto el paisaje, y no podían dejar de mirarlo como ese terciopelo suave, aunque peludo (autocensurados dijeron rugoso), que lo envuelve todo. Allí donde antes veían hierbas, matas que invadían las juntas de los pavimentos, donde antes veían la enredadera, ocupando portales y pretiles, ahora veían el paisaje natural intentando recuperar el lugar perdido. La misma arena que antes les molestaba escapando de la playa, ahora era aplaudida por su instinto combativo, su voluntad de exploración en busca de la duna que se creía extinta para siempre. […] Los grabados de Piranesi, las visiones de Ruskin, comenzaron lentamente a aparecer de manera repetida en las discusiones y pronósticos de futuro.

Así, un día lo decidieron (debía ser un lunes de mañana, todas esas decisiones los arquitectos las toman los lunes de mañana). Abandonarían las formas, los diseños, los alzados, para recuperar los ambientes, los sentidos y los paisajes. En un viaje hacia lo onírico, prometieron defender lo imaginario, generar ficciones que permitieran construir nuevos futuros posibles para la arquitectura y la ciudad. Decidieron entonces, como primer paso, seleccionar las herramientas que utilizarían para echar a andar el cambio (que prefirieron llamar transformación activa). Los sorprendió que fueran aquellas que siempre habían tenido a su alcance: la ilusión, el relato, la seducción del paisaje, y la búsqueda de espesores históricos y culturales.

Se les antojó entonces impostergable su deber de construir una obra-manifiesto.

Sobre su carácter no hubo dudas. Nadie lo definió realmente, como sucediera con sus colegas rusos al pie del Palacio de los Soviets, sintieron que estaba en el aire, que formaba parte de un espíritu de los tiempos. Nadie se detuvo tampoco a definir de quién había sido la idea, lo cual, al ser todos arquitectos, los extrañó, pero convenció a su vez de que era una iniciativa indiscutible. Nadie tampoco (aunque esto era más común entre arquitectos), preguntó de dónde venía el dinero, simplemente estaba ahí otro lunes de mañana.

Se puso a andar así el proyecto de urbanismo más inmaterial (¿no habían siempre insistido con el urbanismo ligero?) y a la vez más grande del mundo. Montevideo sería el primer paso. No corresponde a esta misiva extenderse en soluciones técnicas que resultarían aburridas, mucho menos en gráficos, que como ya vimos, entendían innecesarios.Únicamente diremos que descubrieron el poder fantástico de los campos magnéticos operando sobre el paisaje, aprovecharon los estratos ocultos de la ciudad, en este caso sus infraestructuras, y una mañana como tantas, dejaron escapar la ilusión de una nueva ciudad, para que todos sus habitantes la construyeran como propia. […]

Quisiera advertir al lector perplejo que la fábula ofrecida en los párrafos precedentes es resultado de la profunda meditación sobre lo ocurrido y de ningún modo de una mera improvisación irresponsable. Como fábula, su verosimilitud resulta una tautología inaceptable. Como explicación verosímil, casi una verdad irrefutable.

Sobre su aspecto indescriptible es altamente improbable que pueda ofrecer elementos irrefutables, por tanto mis especulaciones se limitarán a un conjunto inaceptable de vaguedades y especulaciones retóricas. Seré víctima sin dudas de las características propias del fenómeno, describiendo su carácter desde apreciaciones profundamente subjetivas. Podría asegurar que la niebla posee aroma, un violento aunque sutil aroma natural, a hiedra, a plantas trepadoras, a jazmín del país aspirado a la distancia. Comienzo por esto, ya que les será imposible verlo en las imágenes que adjunto[v]. Más visible, pero igual de subjetivo es su aspecto luminoso y sedante, situado en un punto intermedio entre la blanda volatilidad de la espuma marina y la consistencia líquida de la nieve derretida. Por las noches es una bruma húmeda, que apadrina naturalezas nuevas, las activa, para transformarse durante el día en un vapor astringente, espeso, aunque de tonos dulces y sensación amable.

Sobre la incertidumbre de su duración es tal vez del elemento que más precisión puedo aportar. Hoy, 1º de enero de 2015, dos años después de ocurrido el hecho, todo sigue tal cual fuera descrito en las primeras líneas de este documento. Esto, inevitablemente, me sugiere dos hipótesis: la de permanencia intermitente (que llamaré en adelante pesimista), o la de permanencia continua (que llamaré optimista). La pesimista supone que este fenómeno sufrirá períodos de remisión, con los inconvenientes evidentes que ello acarrea: invocación de un pasado tópico (recuerdo al lector que ya no se puede hablar de nada que refiera a cosa o lugar alguno, todo es confuso, todo es impreciso), constatación periódica de diferencias, profusión nostálgica. La optimista supone la permanencia indefinida, y conlleva el afianzamiento de un modo de aproximación a la realidad que a continuación describo, y el nacimiento de un nuevo paisaje, hecho de sugerencias.

[…] conclusión: de la memoria a la ficción

Habiendo ofrecido, con la mayor precisión y detalle posible, una explicación al fenómeno, introduzco aquí algunas hipótesis que surgen de la observación. […] En este breve lapso hemos descubierto que la ciudad sin formas es también la ciudad sin pasado. Nada de nuestros recuerdos puede desprenderse de pesadas ataduras materiales: marquesinas y ladrillos, ventanas y muros… precisiones innecesarias. Rápidamente constatamos que la ciudad sin formas era también un plateau para la más despiadada imaginación. La forma obstruye a la imaginación. La forma es más silenciosa que la niebla espesa.

Estrictamente, Brumeville no es una ciudad sin memoria, sino la de la combinación de múltiples esferas de memorias posibles.[vi] La memoria es una ficción y un acto de imaginación. Brumeville no borra la memoria sino que la empaña, y ella sólo puede construirse con el acto individual de la ficción. La memoria deja de ser consenso para ser construcción, primero individual, y luego interpersonal. Brumeville esta generando sus memorias constantemente, desde sus habitantes, de manera desprejuiciada. Y a todos les resulta liberador.

A quien encuentre este manuscrito y pueda aportar datos le quedaré eternamente agradecido. Será un acto misericordioso.[vii]

*

Hemos optado por mantener el vocablo francés Brumeville, traducible como ‘ciudad de la bruma.’ Véase asimismo la nota 1 de la presente edición. N. del T.

**

En francés précision connota ‘apunte detallado’ y muy usualmente refiere a notas críticas sobre un texto. El autor indica por tanto que su texto será un conjunto de ‘precisiones’ sobre el fenómeno en cuestión. N. del T.

***

En francés, fantasme, asume una relación con fantaisie aún más directa que en español; es precisamente en la noción de fantasía que tiene origen la denominación de fantasma. N. del T.

Notas:


[i] No se ha encontrado hasta la fecha documento oficial alguno que testifique respecto a la denominación de Brumeville o a su equivalencia geográfica con Montevideo. Hemos sugerido la hipótesis de Montevideo en función de los datos recabados, y con igual criterio emprendimos la tarea de reconstrucción gráfica aún no finalizada y de la cual ofrecemos aquí una primera versión. Puede inferirse que el autor, de origen francés, haya optado por el galicismo a partir de algunas denominaciones provenientes de la tradición oral. Entre otras, hemos anotado para referencia: la ciudad de la bruma luminosa, la ciudad blanca, titulares como la continuidad u oportunidad de la bruma, o epitafios como réquiem por la ciudad de las formas. [ii] El autor oscila en la presente enumeración entre la cualidad de registro abstracto y la ficción originada en el fenómeno. Esto permite verificar la rápida aparición de especulaciones retóricas e inverosímiles argumentos en relación al origen del fenómeno. Será el propio autor quien más adelante recurra a una reconstrucción fabulada como elemento central para explicar el fenómeno. Véase al respecto la nota 4 a la presente edición. [iii] Nótese la similitud entre la descripción ofrecida por el autor y el modo en que los norteamericanos Diller Scofidio + Renfro describían, en 2002, el Blur Building de Yverdon-les-Bains, considerado el primer ejemplo de ‘arquitectura-bruma,’ y formulado como un intento de producir ‘la nada’ aquitectónica. El resultado, ampliamente difundido por las revistas especializadas, debió ejercer una extraña fascinación. Hoy, nos parece un hito premonitorio insoslayable. [iv] Aquí el autor presenta la única digresión de todo el manuscrito. No obstante creímos importante incluirla en la presente edición ya que introduce algunos conceptos centrales que, fabulados por el autor o recolectados en la tradición oral, deben reconocerse como el primer intento de elaborar una explicación verosímil. El autor claramente falla en la tarea y recurre a una invención, o ficción, posiblemente motivada por los efectos mismos del fenómeno en cuestión. Sin solución de continuidad, y ante la imposibilidad de asequir mayor precisión, el autor retoma el tono analítico-técnico de su relato sin advertir al lector. Incapacidad retórica o distracción según algunos críticos, nosotros preferimos considerarlo un posible efecto de inducción originado en el mismo fenómeno. [v] Las imágenes que acompañan la presente edición fueron reconstruidas a partir de los fragmentos fotográficos encontrados junto al texto manuscrito. El autor no ofrece una descripción precisa de las mismas y la intensa humedad de los últimos años produjo en las impresiones originales daños irreversibles. Hemos creído conveniente recrear esas imágenes a partir de los pocos elementos ofrecidos en el texto y de la evidencia empírica que en el presente pudimos recabar. No adjudicando a las mismas precisión detallada, parece razonable confiar en la tarea creativa del equipo técnico. [vi] Aquí el autor refiere a una ‘combinación de múltiples esferas de memorias posibles’ que recuerda muy vívidamente a los universos borgeanos. Podemos inferir que el autor estaba familiarizado con la tradición literaria del Río de la Plata, y es precisamente esta condición lo que ha permitido reducir el espectro de posibles autores del documento. Este es el camino adoptado en el presente por el equipo de investigadores para intentar determinar la autoría de Brumeville. [vii] La referencia del autor a ‘La invención de Morel’ de Adolfo Bioy Casares resulta evidente en esta súplica, y obliga al ingenioso paralelismo entre la máquina de Morel, ‘capaz de reunir las presencias disgregadas,’ y la máquina de bruma sugerida por el autor en su intento analítico (aunque inusualmente fabulado) sobre el origen del fenómeno. La invención de una realidad paralela, sugerida en el texto de Bioy Casares, es sin embargo un complemento virtual, un agregado a una realidad persistente, y no creemos por tanto que un paralelismo sin más resulte metodológicamente pertinente. La máquina de Morel no es sustitutiva sino aditiva, y es en este punto que creemos la distinción es crucial.

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